Un cuento de Indios

 

Mi tatarabuelo conoció en cierta ocasión, viajando por esos mundos de dios, como era su costumbre, a un indio, de esos denominados erróneamente indios, que era tan alto como una montaña. Me contó que esta pequeña distinción física sobre el resto de los miembros de la tribu era un gran inconveniente para vivir en el seno de la comunidad. No es que fuese especialmente torpe o un peligro, debido a su altura, para el resto de sus hermanos. La incompatibilidad venía dada por la gran cantidad de alimento que necesitaba ingerir y que provocaba gran hambre en la región, no solo en la tribu, si lo consumía, con el consiguiente peligro de crear un desequilibrio ecológico, o por el contrario él, Hombre Alto, como era llamado, se comía los puños del hambre que pasaba.

 

Debido a esta incompatibilidad de carácter alimenticio se decidió a abandonar la tribu. Para un hombre de su altura, abandonar la tribu significaba abandonar la región. Y así lo hizo. En dos horas se trasladó de, lo que hoy denominamos, Nuevo Méjico a Canadá. En Canadá, como era natural en un hombre de su altura, también ocasionó trastornos en el medio ecológico. Y como la necesidad es madre del ingenio pensó y pensó bien.

 

Se dio cuenta de que al comer fruto de un árbol no dañaba al árbol y de que al encontrar la semilla del fruto acomodo en un lugar adecuado nacía otro árbol. Y lo que obraba la naturaleza por sí sola se decidió a obrarlo él artificialmente. Así que recogió los frutos de varios árboles de distintas especies y los sembró. Pasó mucha hambre en la tarea, con lo que adelgazó mucho, pero se dio cuenta de que había merecido la pena.

 

Y como era hombre bueno y de gran visión de futuro comunicó el resultado de su experimento a su pueblo para que pasase menos hambre, ya que hasta el descubrimiento de la agricultura y la ganadería los hombres pasaban mucha hambre en caso de que la caza o los frutos del bosque escaseasen. La tribu aceptó con agrado el descubrimiento y le obsequió con algunos regalos, entre ellos una gran vasija de barro.

 

Hombre alto volvió a sus tierras y de nuevo al hambre. Los árboles daban mucho fruto, sí, pero no le daba tiempo a comérselo todo y bastante se pudría. Entonces, como era hombre de pensamiento largo, vio que un día una búfalo paría y recordó que en su pueblo se cazaba a los machos y se procuraba no dañar a las hembras. Y pensó que podía coger varias hembras de distintas especies animales y un solo macho para todas ellas. Las hembras le darían crías y leche y podría comer carne y frutos. Y como lo pensó lo hizo y como el resultado fue bueno se lo comunicó a su tribu. Su tribu acogió su nueva noticia con gran entusiasmo y le hizo nuevos obsequios. Hombre alto vivía contento y feliz, ya que tenía más de lo que necesitaba para vivir. Al tener muchos animales domésticos tenía carne para comer, pieles para vestirse, leche para beber... y en su tribu sucedía lo mismo. Y como no pasaba necesidad y estaba solo dedicaba mucho tiempo a pensar. Y pensó que con tanta abundancia no todo el mundo se tenía que dedicar a hacer las mismas cosas. Pensó que podía haber gente que trabajase para la comunidad de otra manera. Y pensó que los menos aptos para el trabajo eran los niños y las personas mayores. Estos se podrían dedicar a hacer otra cosa. Así lo comunicó a su tribu. Entonces apartaron a los mayores y a los niños del trabajo y, a cambio de los productos de la comunidad, los ancianos, dada su experiencia enseñaron a los niños, que eran muy dados a recibir, debido a su edad y a las inmensas ganas de saberlo todo. Y así se hizo. Y vieron que esto daba resultado y que aún sobraban cosas y decidieron que unos cuantos dejasen los trabajos agropecuarios y se dedicasen exclusivamente, a cambio de los frutos de este trabajo, a la manufactura de utensilios de barro y hueso para la comunidad. Y vieron que era bueno. Comprobaron que la producción de frutos y ganado había bajado, pero que aún había para dar de comer a todo el mundo. A cambio comprobaron que las manufacturas habían subido, y que tenían más de las que necesitaban. Así mismo comprobaron que los niños crecían mejor preparados, debido a las enseñanzas de los ancianos, y que eso era bueno para la tribu.

 

Como Hombre Alto, en esta última ocasión, había pasado mucho tiempo con la tribu, descuidando algo su hogar, al volver se encontró con algunas sorpresas. Vio que el zumo de unos frutos, que había dejado en una vasija, había fermentado, produciendo una bebida de sabor agradable. También vio que un trozo de carne que se había caído en sal y se había secado estaba apetitoso. Esto era el principio de la industria de la conserva, ya que empezó a hacer experimentos y a observar. Vio que unos le daban buen resultado y otros no. Se aprendió de memoria los que daban buen resultado y se lo comunicó a la tribu.

 

En la tribu era tanto lo que se estaba aprendiendo que uno de los niños había desarrollado un sistema para dejar por escrito todo lo que se conocía y Hombre Alto fue muy feliz al ver lo que su pueblo había aprendido gracias al buen hacer de todos. Naturalmente que nacían problemas pero Hombre Alto aprendió de un anciano que en este mundo todo tiene solución, excepto la muerte.

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