LA PRINCESA DE SAMARKANDA

Samarkanda es un reino que está por dónde nace el Nilo, en uno de esos parajes dejados de la mano de dios, de nuestro dios. En este reino se halla una ciudad, de igual nombre, bañada por las aguas del Nilo. Quienes han visto la ciudad dicen que jamás la podrán olvidar, que es uno de los espectáculos más bellos que se pueden ofrecer a la vista. Sus calles rectas y perfectamente trazadas, sus edificios diamantinos, sus acogedores portales, sus huertecitos interiores y el Nilo, que ellos llaman Samarkanda, dando vida a toda la ciudad: fuentes, canales, piscinas. A pesar de ello no hay miedo de una inundación, sus habitantes han controlado el río de tal manera que podemos hablar, sin temor a equivocación, de simbiosis.

 

Pero de todas las bellezas de Samarkanda hay una que destaca sobre el resto. Aquellos viajeros que han tenido la suerte de verla dicen que nunca la podrán olvidar, que merece la pena la vida que han llevado, haya sido la que haya sido, sólo por su visión. La gran belleza, y el orgullo de Samarkanda, es la princesa Sire. Una negraza descomunal de esas que cortan el hipo. Alta, fuerte, orgullosa, de piel brillante, dura de carnes, inteligente y buena persona. No era nada creída, y aunque muy femenina no perdía el tiempo en chuminadas de verano. La princesa era hija del rey Salitre y de la Reina Sío. Estos eran dos grandes reyes para su pueblo. El rey Salitre era hijo de la tierra verde, el inmenso prado que se extiende ante las canteras de Cóncolia. La reina Sío era hijo del río. Llegó conducida por las aguas cuando era muy niña. Entró en palacio por uno de loscanales que se habían practicado y el rey la tomó por esposa cuando la descubrió al acudir a su baño matinal. De los hijos de los dioses sólo puede nacer una diosa y, esta, era la princesa Samarkanda.

 

Samarkanda con su belleza iluminaba la ciudad y hacía posible su prosperidad. Ya hemos dicho antes que la belleza de Samarkanda era una belleza interior que al exteriorizarse daba paz y seguridad a sus conciudadanos. No se vaya a pensar la gente que en Samarkanda no había pobres y todo era sano y justo. Esto es lo que ha creído la gente durante mucho tiempo, deslumbrada por tanto esplendor y perfección. Pobres siempre ha habido y los habrá, sencillamente su situación varía de un sitio a otro y de una época a otra. Varía el grado de atención que se les presta, las condiciones de miseria en que están sumidos, su número, los canales humanitarios, los tipos de ayuda... Mirad, hay pobres porque los hombres somos egoístas y queremos más de lo que necesitamos, queremos más que la persona que tenemos al lado y tratamos de hundir a aquellos que nos pueden hacer sombra, para nuestra mayor seguridad. Hay pobres porque hay débiles y hay fuertes y los fuertes, me refiero a la fuerza como abstracción, subyugan a los débiles. Hay pobres porque hay zánganos que no desean trabajar. Hay pobres porque quien nace en el seno de una familia aposentada no quiere perder lo que tiene y tiene mayores posibilidades de aumentar sus riquezas. Hay pobres porque las culturas se matan entre sí y relegan a la cultura vencida al olvido y a la miseria.

 

En Samarkanda hay pobres porque los hombres son libres y al ejercer su libertad se comportan como hombres. Los hombres trapichean, comercian, buscan hacer fortuna y ya sabemos lo que pasa. Y Samarkanda era un ciudad muy próspera como para que no hubiese desigualdades e injusticias. Sus reyes y su princesa, cuya belleza no tiene igual, hacían todo lo posible por mitigar la injusticia. Socorrían a los pobres y desheredados de la fortuna, procuraban nuevas oportunidades para estos. Perseguían a los infractores de la legalidad comercial y a los vagos. Cuando sometían otras tierras debido a sus intereses comerciales procuraban acercarla buenamente a su visión del mundo y a sus intereses.

 

Aquí narraremos la historia de la princesa Samarkanda cuando un día salió de caza. La historia empieza cuando a Samarcanda llegaron, a través de unos tratantes, caballos procedentes de Arabia. En Samarkanda no habían conocido el caballo hasta esa ocasión, excepto por los relatos de alguno de sus viajeros. Hasta entonces la caza consistía en pequeños itinerarios realizados a pie o, los más largos, en embarcaciones río arriba o abajo. El caballo ofreció nuevas posibilidades a la cacería. Los caballos que se trajeron en aquella ocasión presentaban muy buena estampa y todo el mundo se hacía boca de su belleza y dignidad. Creían que debido a su porte la procedencia de tal maravilla de la naturaleza debía de ser divina. Fue por esto que en un principio los caballos quedaron relegados al uso de los hijos de los dioses, aquí, en la tierra. Más adelante, cuando el comercio trajo nuevas razas de caballos, el uso de este bruto se generalizó entre la población. Pero el uso de los caballos árabes siguió relegado a los hijos de los dioses.

 

Samarkanda organizó una cacería para festejar a los invitados que reuniría en palacio durante las fiestas del agua. Estas fiestas se hacían cada estío en honor al río protector y dador de vida. En ella la gente procuraba invitar a su casa a gentes venidas de países lejanos. Les obsequiaban con buenos y exquisitos manjares con los que únicamente se bebía agua. Durante las fiestas había grandes procesiones en las calles y en ellas se obsequiaba a los indigentes con alimentos. A algunos de ellos, por sorteo, se les propiciaba la oportunidad de volver a salir de la miseria mediante unos créditos, a fondo perdido, que ofrecían aquellos que habían tenido más fortuna durante el año. Luego, cada casa presentaba un espectáculo para el resto de la ciudad y la multitud de extranjeros congregados. El espectáculo ganador resultaba premiado y aquella casa estaba exenta de un año de trabajo para poder presentar el espectáculo en las fiestas menores que se hacían en otros lugares del reino. Al año se hacíadevolución de todas las riquezas que se habían guardado en palacio, pertenecientes a la casa que había sido obsequiada con el premio.

 

Quiso dirigir la partida hacia el este, dónde se hallaba la cadena del Idas. Quería obsequiar a sus invitados con algunas piezas cobradas en el monte sagrado. Hay una antigua creencia que de este obsequio nace un matrimonio feliz y bellos hijos. Esta creencia no se sabe de dónde viene, su origen se pierde en la oscuridad de los tiempos. Los que sustentan esa creencia explican que unas semillas del monte sagrado fecundaron un remanso del río y nació Samarkanda, la bella. Precisamente, en recuerdo de esa antigua leyenda, los reyes habían llamado Samarkanda a la carne que había nacido de su unión. Como las comunicaciones en el reino están muy bien cuidadas el desplazamiento fue rápido. Durante el camino se encontraron con una caravana de comerciantes que al conocer a la princesa le quisieron otorgar un presento para gozar de su bendición. Hicieron noche y la princesa los acogió en su mesa, puesto que ellos eran extranjeros y ella se hallaba en sus dominios. Tras el festín, Samarkanda les invitó a pasar las fiestas en palacio. Ellos aceptaron gozosos esa invitación. Cuando la princesa se retiraba para descansar el comerciante que llevaba la voz cantante le pidió que les acompañase a la tienda que había sido instalada en el centro de su campamento, pues deseaban obsequiarle con un objeto maravilloso, el nuevo producto que de tierras lejanas traían a Samarkanda.

 

La princesa accedió a ver ese nuevo producto. Entraron en el recinto de los comerciantes y se dirigieron a la tienda central dónde se hallaban las mercancías más valiosas. Samarkanda iba sola, sin escolta, pues sabía cuán precioso era el secreto para un comerciante. Además no temía nada. Desde los tiempos más remotos era una impiedad proceder contra las leyes de la hospitalidad, leyes que respetaban hasta los asesinos más crueles. Y en todo caso, si se producía una traición, ella sabía defenderse, era una experta luchadora, y su guardia personal no era manca y estaba entrenada para proceder con contundencia. Los comerciantes supieron apreciar el gesto de confianza de la princesa. Sólo por este gesto habría conquistado la inmortalidad. Se acercaron a la tienda dónde había un sinfín de mercancías expuestas con el mayor de los cuidados. Aún en el centro había una tienda más pequeña. La invitaron a aproximarse a ella y entrar. Así lo hizo. Al entrar vio un animal extraño con dos cuernos vueltos del revés. Sus patas eran varias y se inscribían dentro de dos círculos. Parecía no tener boca y apreció un solo ojo que le debía de servir también de hocico. Bajo el lomo mostraba el esqueleto al descubierto. Extrañamente no era desagradable y destellaba. Lo que más sorprendió a Samarkanda fue su quietud. "Ya sabéis que en Samarkanda desagradan en extremo los animales muertos.""No es un animal, alteza, es un ciclomotor.""¿Un ciclomotor?""Sí, viene a hacer el servicio de un caballo. Pero no es un organismo vivo, es un ingenio mecánico. Hace tiempo que sabemos de este mecanismo, pero nunca lo hemos querido traer a Samarkanda pues para su funcionamiento necesita gasolina, que es un elemento que no se da en Samarkanda.""Pero se puede conseguir mediante el comercio.""Sí. Pero contamina. Samarkanda es una ciudad tan bella que jamás lo habríais permitido, ni vos ni vuestros reales padres. Además, en sus primeros tiempos, hacía un ruido espantoso que no hubiese beneficiado en nada a la ciudad, y tampoco lo hubieseis permitido. No lo hemos querido traer hasta eliminar el ruido y hacer posible que funcione mediante el agua y la electricidad. Es vuestro. Queremos que seáis la primera persona en toda Samarkanda que posea este ingenio. Es el más bello que traemos en este viaje.""No sé qué decir.""Manejadla, por favor, manejadla.""¿Cómo se hace?" Le explicaron las cuatro cosas fundamentales y montó el vehículo. Al principio lo manejó en el interior de la tienda con bastante prudencia. Luego salió con el vehículo al exterior y se dirigió a campo abierto. Allí continuó sus maniobras con gran prudencia. Luego, poco a poco, se fue soltando el pelo y se atrevió a más. Cogía velocidad, frenaba, realizó alguna de las acrobacias que hacía en el caballo, le entusiasmó el vehículo. "Es demasiado. Es increíble. Es un bello regalo. Muchas gracias. ¿Puedo atreverme a pediros un favor?""¿Señora?""Voy de caza para la fiesta del agua. Monto en mi caballo, regalo de los dioses, y se pondría celoso si montase en ¿la motocicleta?" Asintieron los comerciantes. "Como partida de caza no hemos pensado en el transporte de ningún ingenio. Ya que os dirigís a Samarkanda ¿seríais tan amables de llevadla a palacio? De paso ya podéis hospedaros en él. Tomad, por esto sabrán que llegáis a sus puertas de mi parte. Mis padres no os negarán el alojamiento." Los comerciantes no se negaron a los deseos de la princesa y así lo hicieron.

 

A la mañana siguiente las dos expediciones levantaron el campo, unos rumbo a Samarkanda, otros hacia el monte Ida. Ese día el camino transcurrió sin incidencias. Al día siguiente, cuando se disponían a levantar el campo se les acercaron unas gentes que montaban en avestruces. La montura de estas gentes inquietó algo a la comitiva, pues se trataba de unos jinetes de un pueblo sometido a la autoridad de Samarkanda, pero disconformes con dicho sometimiento. Como el monte Ida era sagrado y ese era su destino no podían ser atacados pero no las tenían todas consigo en cuanto a que tales jinetes respetasen las leyes sagradas. Una expedición guiada por algún jefe militar no habría dudado en asestar el primer golpe cuando las huestes de los jinetes se hallasen a tiro, pero Samarkanda, hija de dioses, prefirió esperar y hablar. Como los jinetes no fueron recibidos con violencia pararon su carrera y se adelantó uno de entre ellos, Astia, el príncipe sin trono, alma de los jinetes del territorio de Soledad. "Vuestras intenciones no son de guerra. ¿Qué deseáis, gentes de Samarkanda?""Nos dirigimos a la cadena del monte Ida, a cobrar unas piezas para la fiesta del agua." Respondió Samarkanda. "Abandonad las armas. Este territorio no lo cruza nadie con armas. Os serán devueltas en el monte sagrado.""Un ciudadano de Samarkanda tiene derecho a llevar armas allí dónde alcanzan los dominios de Samarkanda.""Estos son nuestros dominios. Mientras quede un solo jinete nadie que no sea un jinete cruzará con armas. Si estáis dispuestos a entregarlas pasaréis. De lo contrario id a buscar vuestra caza a otro lugar. Las piezas del monte Idas no se han hecho para asesinos.""Estás hablando con tu señora, hija de dioses.""Tu belleza supera todo lo que he oído. Tu prudencia y tu valor son grandes pero si eres una diosa, toma,-le ofreció su cuchillo- atraviésate con esta hoja y vive." Se apeó de su montura y recogió el cuchillo del suelo ante la mirada atenta de los soldados de la princesa. "Hablo con una mujer inteligente. Un ser humano igual que yo. Podéis conservar vuestros títulos, no os despojaré de ellos, veo que los merecéis. Si algún día me aventuro por vuestras tierras cumpliré según vuestras costumbres. Ahora os pido, y será lo más cuerdo, que cumpláis con las nuestras. Nada os pasará, no os reprocho nada. Vuestro pueblo ha hecho lo que debía, nosotros habríamos hecho lo mismo. Pero, recordadlo, somos súbditos pero hombres libres y esta sigue siendo nuestra tierra."

 

Samarkanda se despojó de sus armas y lo mismo hizo el grueso de componentes de la partida. Se acercaron unos carros tirados por hienas y cargaron en ellos las armas. "Las armas os serán devueltas al pie del monte Idas. Luego, al término de vuestra cacería os volveréis a desposeer de ellas libremente y os serán devueltas en la marca fronteriza. Sois libres de viajar por nuestro territorio. Si lo solicitáis se os concederá una escolta, para vuestra tranquilidad, que seguros ya lo estáis.""Sí, solicito una escolta. Pero deseo que tú la mandes. Tú eres nuestra mayor seguridad." Dijo la princesa. "Se hará como deseéis.""¿Habéis comido?""Sí.""¿Luego aceptaréis la invitación a mi mesa cuando el sol esté‚ en su plenitud?""La aceptaré por no ser descortés. Pero en mi tierra invito yo a mi mesa.""Si las pertenencias son mías se trata de mi mesa, aunque se halle en vuestra tierra.""No os falta razón. Espero no hallar en vuestra mesa ningún fruto robado a mi tierra por vuestra victoriosa gestión, en ese caso no se tratará de una invitación sinó de una devolución.""No hallaréis ningún producto de vuestra tierra en mi mesa." Y dando por terminada la conversación el contingente humano se puso en marcha. Esta se hizo bastante más ligera, ya que se hallaban libres del peso de las armas. Al mediodía llegaron a un oasis y dispusieron las tiendas para comer. Los carros que portaban las armas no se detuvieron para comer, lo hicieron sobre la marcha. Su festín llegaría bajo el monte Idas.

 

Cuando la mesa estuvo dispuesta la princesa hizo llamar al señor del territorio para que tomase asiento. Como era una partida de caza la bailarina se lamentó por no poder atender a su invitado con bailarines, música y bellas canciones. Le pidió perdón por únicamente poder ofrecerle las delicias del cocinero. Así mismo le formalizó una invitación para que asistiese a las fiestas del agua. "Os aviso que es contrario a un dios el rechazar una invitación a una fiesta sagrada.""Lo sé, pero permitidme que piense la decisión que he de tomar." Así lo dejaron y la conversación tomó otro rumbo. La princesa se interesó por las costumbres de la tierra que pisaba y por las costumbres de su señor. Las costumbres de este eran rústicas, vivía montado en el animal llamado avestruz y en él recorría el territorio de un lado a otro. No dormía bajo techado, excepto cuando llegaban a alguna ciudad o aldea, en la que se aseaban y pasaban varios días. Así era como un señor de la tierra se hacía respetar, conservando el estrecho contacto con sus súbditos y atendiendo a sus demandas personalmente o a través de sus hijos. Comían lo que les daban las buenas gentes por sus servicios de protección y gobierno y vestían lo mismo. Ellos no tenían ningún inconveniente en realizar trabajos de auxilio en cualquier oficio que se practicase en sus tierras. Cada casa les reservaba el hijo mayor para su servicio, que era el de la propia comunidad. El señor de las tierras reconoció que era un sistema bueno para su gente pero incapaz de competir con el sistema de Samarkanda. Le preguntó a la princesa por Samarkanda, ya que quería saber. Samarkanda dedujo que la vida era rústica y austera pero que se hallaba muy lejos de la insensibilidad y de la incultura, tomando como cultura el conocimiento y la aceptación de diferentes pensamientos y formas de vida. Como deseaba saber le contó cosas sobre Samarkanda. El comentó que en su territorio no había ninguna ciudad comparable a Samarkanda, que la vida de sus gentes era bastante más sencilla pero no tan diferente. Por lo que le había contado la princesa dedujo que en las dos culturas se amaba la vida y se respetaban las diferentes formas que ésta tomaba.

 

Los dos eran jóvenes, los dos eran fuertes y los dos eran bellos. En el corazón de cada uno de ellos surgió un sentimiento de simpatía hacia el otro. Como la comida se alargó debido a la larga conferencia que sostuvieron los comensales decidieron de cenar en el mismo sitio. Pero esta vez fue el señor de la tierra el que invitó a la princesa Samarkanda a su mesa. Su mesa era sencilla y dispuesta al aire libre. Por techo tenían la noche estrellada. En la mesa había nueces y crema de cacahuetes. Unas cuantas aves aderezadas con crema de limón y leche de almendra. Había también dispuesto un queso, convenientemente cortado en tacos y un delicioso postre de avellanas con plátano, mezclado con un jugo fermentado de naranja. Comieron y hablaron. Al término de la cena la princesa deseó pasar la noche bajo las estrellas. El señor de la tierra le comentó que si así lo deseaba se dispondría un jergón a la usanza de la tierra en su campamento. La princesa preguntó, visiblemente contrariada, por qué no podían pasar la noche juntos. El le respondió que la costumbre de su tierra lo prohibía ya que entonces serían considerados marido y mujer.

 

La noche pasó y llegó el día. Con este siguieron el camino hasta los montes sagrados. Allí esperaron que llegasen las armas. Cuando esto sucedió la princesa se adentró en el bosque y se dedicó a la caza. Una semana estuvo cazando para la fiesta de Samarkanda. A la semana volvió la expedición y con ella el príncipe de aquellas tierras. Se volvieron a reunir las armas e iniciaron el camino de vuelta. Como había germinado una semilla en el corazón de los jóvenes se adelantaban al séquito y hacían bastante camino en soledad completa. Incluso se desviaban de su ruta y él la conducía a lugares bellos, la acercaba a su gente en pueblos perdidos y contemplaba la relación que se establecía. La princesa se ganaba el corazón de aquellas gentes y aquellas gentes deponían la hostilidad que les invadía al saber de quién se trataba. Sus corazones comenzaban a latir al mismo ritmo pero, muy a pesar de ellos, se acercaban a la línea que marcaba la división entre los dos reinos.

 

Ninguno de los dos comentaba el hecho. No dejaban que la angustia que les invadía aflorase al exterior y se mostraban felices. Pero la angustia invadía también a su séquito. A pesar de que pasaban la mayor parte del tiempo lejos de él su felicidad y su angustia no pasaba desapercibida y proporcionaba felicidad y angustia a sus acompañantes. Llegaron a la marca y los dos príncipes se separaron de sus séquitos para alargar la amarga despedida: "Señora, no se si volveremos a encontrarnos, espero que sí pues habéis conquistado mi corazón y mi entendimiento. Me gustaría dormir con vos bajo un manto estrellado para ser uno. Y si me aceptáis hasta dejaré de ser un hijo del viento por vos.""Yo os acepto, ya que mis sentimientos son idénticos a los vuestros. No hemos dormido juntos bajo el manto estrellado y ya somos un solo corazón. Si mis ciudadanos no consintiesen en nuestro amor renunciaría a mi trono por vos.""Nos veremos. Nos veremos. Somos el uno del otro y nos veremos. Ahora id a cumplir con vuestra obligación. Celebrad vuestra fiesta que nos veremos.""Nos veremos y espero que sea pronto." Se despidieron y cada uno fue en busca de sus padres a comunicarle la buena nueva.

 

-Estás loco. Nunca se casará un hijo del país del viento con su vencedor.

 

­ ¡Qué nueva clase de humillación quieres infligir a tu pueblo! Ese matrimonio no es posible. Los hijos del monte sagrado y del viento no se arrodillan ante sus enemigos para pedir clemencia.

 

-Si es así, padre, dejo de ser hijo del viento.

 

-Si es así no eres hijo mío.

 

-Lo siento, padre, te quiero mucho pero se trata de mi vida.

 

-Rabidian, decreta tres días de luto, mi hijo predilecto, el que estaba destinado a sucederme en el trono, ha muerto. Comunícalo por todo el país.

 

 

 

-Hija mía, tu padre y yo siempre hemos confiado en ti, ya que has demostrado ser sensata y cuerda en todas tus decisiones. ¿A qué viene, en la flor de tu edad, afligir el corazón de tus padres con esta idea insensata? ¿Cómo vas a unirte con el hombre de un país vencido y sometido a nuestro poder? No puedes manchar tu linaje con el fruto de una raza inferior, nuestro linaje tiene que ir a más.

 

-No es una raza inferior, madre. Su pueblo no está vencido, sufre la opresión de nuestro yugo pero cualquier día su grito de libertad nos hará temblar.

 

-Tonterías. El que es oprimido será cada vez más oprimido e insignificante. Y el que está arriba será cada vez más fuerte. Te prohíbo el matrimonio con ese embaucador que te ha robado la sensatez.

 

-Si es así, renuncio a mi trono y a mi ciudadanía.

 

-No es tan fácil. Encerradla hasta que recobre el juicio.

 

-Quietos, ya sabéis cómo manejo la espada.

 

-¿Matarías a alguien de tu pueblo?

 

-Que no tienten a la suerte, madre.

 

-¿Matarías a tu madre?

 

-¡Aparta!- La desplazó de un empellón y salió corriendo.

 

-No la dejéis escapar.

 

La princesa se abrió paso hasta su caballo e intentó montarlo. Lo consiguió a golpe de espada, intentando no herir a sus oponentes, sabía que nadie la heriría y que no pretendían hacerle daño. Escapaba como podía pero se vio obligada a detener su corcel ante las puertas del establo. Habían montado una hilera de lanzas infranqueable. Nunca podría pasarlas sin dañar a su caballo. "Entrad en razón, princesa. Nunca os haremos daño a vos, pero mataremos a vuestro caballo si insistís en no deponer vuestra actitud.""Cobardes. Si infligís cualquier mal a mi caballo me lo infligís a mí. Dejad en paz al noble bruto y atreveos conmigo.""Insisto. En estos momentos, Romero, está apuntando al caballo. Deponed la espada.""Ahí la tenéis.""Cogedla." El corcel se encabritó amenazante. "Quieto, corres peligro. Quieto. Ahora no es el momento.""Atadla, no deseo que escapéis a pie.""Nunca me iré sin mi caballo. No será necesario.""Conducidla hasta sus habitaciones y encerradla hasta que se disponga lo contrario." Fue conducida a sus habitaciones, dónde las ventanas habían sido enrejadas, y encerrada.

 

Entre tanto el príncipe se había adentrado en territorio de Samarkanda alegando que estaba invitado a la fiesta del agua. Tubo la suficiente prudencia como para no anunciar el motivo verdadero de su viaje; pero tampoco mintió, había sido invitado a la fiesta del agua. Llegó ante palacio y se presentó como un invitado a las fiestas del agua. Los reyes no se atrevieron a prenderle ni a dejar de cumplir con las leyes de la hospitalidad.

 

-Desearía saludar a mi anfitriona.

 

-Ello no será posible.

 

-Pues me voy de esta casa, dónde no se respeta lo sagrado. Si ella me invitó ella me ha de recibir. ¿Qué presunción es esa de invitarme y ausentarse?

 

-No os vayáis, no está ausente, sencillamente está recluida.

 

-¿Por?

 

-Lo sabéis muy bien.

 

-¡Ah!, ese estúpido enamoramiento, ¿pero os lo habéis tomado en serio? Yo solo quise humillar a la princesa con tamaña ridiculez. Pero estoy arrepentido de mi intención y deseo pedir su perdón para ser purificado.

 

La respuesta agradó en extremo a los reyes y se las vieron tan felices que dejaron libre a la princesa. A esta le dio un vuelco el corazón cuando vio al príncipe y corrió a abrazarle pero este le respondió con frialdad y altivez. Contó lo que ya había contado a sus padres y le entregó un pliego.

 

-Aquí están todos mis pecados. Es costumbre en mi pueblo que hagáis lectura de ellos en voz alta y seguidamente los tiréis al fuego.

 

-Pudríos por toda la eternidad.

 

-Oh, oh, eso no va con las leyes de la hospitalidad.

 

-Reniego de esas leyes si así me doy el gustazo de que os pudráis en el fango.

 

-No, no. Una princesa debe de ser ejemplo para su pueblo y debe saber perdonar según las leyes.

 

-Caballero, se os atenderá con gran amabilidad durante los días que dure la fiesta. No se os negará nada de lo que preceptúan las leyes de la hospitalidad pero el día en que termine la fiesta tenéis dos horas para salir de palacio y de la ciudad. Pasadas dos horas se pondrá precio a vuestra cabeza.-Sentenció el padre de la princesa.-Y ahora hija mía perdona los pecados de este hombre según las costumbres de su pueblo.

 

-Lo siento si en algo os he ofendido. No era mi intención. Es que si ni soy perdonado...

 

-Lo seréis. Lo seréis.

 

La princesa abrió el pliego y leyó en él. Leía lentamente pues se tenía que inventar todo lo que en el pliego no había escrito y no podía leer nada de lo que había escrito. Terminó con una sentencia terrible para el pecador si este no era perdonado. Por fin tiró el papel al fuego y dijo:

 

-Padre, perdonad a este hombre. Es natural su falta de decoro debido a lo terrible que hubiese sido su castigo. Por otra parte no podemos actuar nosotros, una raza superior, como él, un bárbaro extranjero.

 

-Y dicho esto se retiró a sus habitaciones.

 

-Estáis perdonado.

 

-Gracias, mil veces os sean dadas las gracias y mil veces sea bendito vuestro nombre.

 

Los días que siguieron de fiesta se lo pasaron los dos enamorados desdeñándose y limitándose a la corrección protocolaria. Fueron unas fiestas animadísimas, llenas de esperanza para nuestros enamorados. Los comerciantes que habían regalado la motocicleta a la princesa fueron muy bien recibidos y obsequiados con unas maravillosas pieles de los animales cazados en el monte sagrado con motivo de las fiestas. Saludaron al príncipe, ya que como buenos comerciantes se hallaban en óptimas relaciones con el pueblo del príncipe. Pasaron la mayor parte del tiempo con este. De ellos aprendió el príncipe todos los secretos del nuevo vehículo. Los convenció para que presentasen tan maravillosos aparato a las gentes de su pueblo, y les ofreció todo su apoyo en la presentación. A cambio recibió horas y horas de práctica sobre el fantástico aparato, tantas que su montura estaba celosa. De las largas horas que estuvo conversando con los comerciantes nació un carro que se podía adaptar a tan nuevo vehículo. Enseguida fue construido y probado, y retocado y probado, y nuevamente retocado y probado hasta que el carrito parecía atender a las características del vehículo, a las necesidades del mercado y a los proyectos del príncipe. Una mañana se ofreció para dar de comer a las cabalgaduras reales, en agradecimiento por el perdón obtenido. Los reyes se negaron pero fueron convencidos por la princesa de que se había de dar gusto al bárbaro. Montó su avestruz en el carro cargado de alfalfa y se dirigió a las caballerizas reales. Al principio, los guardias no dejaban entrar al avestruz, arguyendo que ningún animal que no fuese un caballo real podía tener acceso a la caballeriza. Tras un tira y afloja, el príncipe les convenció de que era una medida errónea ya que era bueno que un animal probase con anterioridad la comida destinada a tan reales estómagos. Entró.

 

Una vez dentro se acercó al caballo de la princesa y se hizo reconocer por la noble bestia e igual hizo con su cabalgadura. Después, calmado el alazán, le explicó sus proyectos y el caballo se dejó hacer. Fue descargada la alfalfa y subida la real montura y, a todo gas, salió de la caballeriza, dirigiéndose a las afueras de la ciudad. Sabido el suceso se montó una expedición para ir en su captura, expedición que la princesa insistió en mandar, ya que le principal ultrajada era ella. No hubo ningún descanso. La princesa dividió la expedición en varios grupos. Ella, naturalmente, iba siempre en la dirección correcta. Llegados a una espesura del bosque volvió a realizar una última división. Ella marchó sola y se encontró con él, durmieron bajo las estrellas sin ninguna sangre vertida y nunca el mundo civilizado volvió a saber más de ellos. No fundaron ningún país ni ninguna ciudad, no sometieron a nadie, sencillamente se dedicaron a ser felices. Sus hijos son, aún hoy, libres

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