EL CLAN DEL LOBO
El pueblo estaba situado en una llanura inmensa. Todo lo contrario a los pueblos de la vieja Europa, situado sobre pequeños montículos para dominar el territorio. Las calles, tres, eran rectas. Las casas, prefabricadas se alienaban en un orden prefecto. La calle principal, algo más amplia que las otras dos, estaba presidida por la iglesia, un edifico de madera, pintado de blanco. En uno de los laterales se levantaba el campanario.
Siguiendo el camino se llegaba al bosque. En este era donde estaba la cabaña, un edifico de madera, que enmarcaba una chimenea de piedra, de una sola habitación. Esta era húmeda, ya que estaba junto al río. Su antiguo dueño y constructor así lo había querido, ya que como antiguo balsero se había pasado media vida sobre un río, llevando gente y ganado de un lado a otro de la orilla.
El doctor evitó el pueblo. No quería dar explicaciones de su presencia en la zona a nadie, y menos a los colonos de la zona. Absolutamente a ningún viajero que se preciase se le había perdido nada en la zona y la visita de cualquier desconocido levantaba suspicacias entre la nueva población, que rápidamente la asociaban con la curiosidad por aquello que debía de permanecer oculto.
A pesar de no pasar por el pueblo su presencia no pasó inadvertida a los ojos de los ociosos, entre los que se encontraba el responsable electo de mantener la ley y el orden entre los parroquianos del lugar. Jonás no tardó en ordenar que le ensillasen un caballo y en dirigirse al encuentro del doctor. El doctor que lo vio venir, podría haber evitado el encuentro apretando el paso o adentrándose nuevamente en la montaña que rodeaba al pueblo, pero prefirió mantener una actitud amistosa y, para nada, sospechosa.
-Buenas.
-Buenas,- devolvió el saludo.
-Mi nombre es Jonás. Soy el elegido para mantener el orden en el pueblo.
-Estupendo. Siga con su misión.
-Verá, señor…
-Evans.
-… señor Evans, le he visto pasar y me he acercado para preguntarle acerca de sus intenciones.
-Mis intenciones…, continuar mi camino.
-¿Le puedo preguntar a dónde se dirige? Y ya de paso, ¿por qué ha evitado el pueblo? Estando a punto de caer el día y siendo esté el único lugar civilizado en varios kilómetros, sería lógico que buscase un techado para guarecerse de la noche.
-No me dirijo a ninguna aparte en concreto. Estoy haciendo un estudio de la región, para la Universidad. Y pasaré la noche al raso. Mi presupuesto no me permite una posada.
-¿Le parece lo más sensato pasar la noche al raso en esta zona?
-¿Algún inconveniente?
-Los indios.
-Tengo entendido que son pacíficos.
-Es cierto que han sido pacificados y llevan varios años sin soliviantarse pero con los indios nunca se sabe.
-No se preocupe, -dijo el doctor Evans.- tendré en cuenta su consejo.
-Por otra parte, no el da reparo después de haber oído lo que se cuenta…
-¿Qué se cuenta?
-En serio ¿no ha oído nada?
-Si pretende asustarme, lo está consiguiendo. No, no he odio ninguna historia, -mintió el doctor Evans.- Y ahora, si me permite, y no infrinjo la ley, deseo seguir con mi estudio, como usted bien ha observado, señor Jonás, me quedan pocas horas de luz. Hasta la vista.- Y hizo ademán de seguir su camino.
Jonás se apartó y dejándole avanzar le preguntó:
-¿De qué da clase en la Universidad?
Evans dudó. Estuvo a punto de decir: “de arqueología”, pero reaccionó a tiempo.
-De botánica, señor Jonás, de botánica.-Y siguió alejándose.
Jonás se quedó mirando como se alejaba, siguiéndole un rato largo con la vista. A pesar de que parecía no dirigirse hacia la cabaña, Jonás no quedó convencido tras el encuentro verbal con Evans.
El doctor Evans prefirió dar un rodeo para no mostrar sus intenciones de ir a la cabaña del balsero. No volvió la vista atrás en ningún momento, habría sido como delatarse. Cuando alcanzó el bosque se adentró en él y una vez a salvo de miradas indiscretas desmontó e hizo una pequeña fogata, para convencer a su observador de que pensaba pasar la noche al raso, lejos de la cabaña. Tras cerciorarse de que la fogata era segura, montó nuevamente y se dirigió a la cabaña, consciente de que no llegaría antes del anochecer.
Conforme iba oscureciendo variaban las formas de los árboles, de las piedras, se perdía la noción de las distancias y de las formas, se intensificaban los sonidos de la noche, el bosque desdibujado se volvía amenazador para cualquiera que no tuviese temple para desenvolverse en la naturaleza y olvidar todos los prejuicios de la civilización. El doctor Evans recordó que años atrás había encontrado a un ayudante suyo muerto, literalmente de miedo. La única explicación que encontró es que su capa de viaja se había enganchado con una rama y presa del pánico, en lugar de liberarse, le sobrevino un ataque al corazón.
Con noche cerrada oyó el sonido del agua que le indicaba la proximidad al río. Esforzó la vista y pudo ver el contorno de la cabaña. Se acercó a esta. Desmontó, liberó al caballo de la silla, le secó el sudor y le puso una manta por el lomo. Cuando terminó con los cuidados propios del caballo se dirigió a la cabaña. Como había supuesto, la puerta estaba cerrada. La ventana también estaba bloqueada y el portón le impedía ver el interior. Bordeó la cabaña buscando un punto débil, una juntura entre las maderas pero toda ella estaba concienzudamente sellada. Propinó una patada a la puerta para comprobar su solidez. La puerta aguantó la embestida. Entonces decidió probar con la chimenea, pero antes de utilizar las cuerdas y empezar a escalar decidió tomarse un descanso. Se dirigió a su zurrón y sacó pan y algo de tocino. Cuando terminó con el frugal refrigerio preparó las cuerdas, las ancló en la chimenea y comenzó la ascensión. Una vez arribó, comprobó que el tejado era de paja y, aunque bien construido, no presentaba un aspecto tan sólido y podía intentar por él el acceso a la cabaña. Se dedicó a practicar un boquete por el que entrar al tejado. No fue tarea fácil. La paja estaba muy bien unida con barro. Cuando calculó que la apertura era suficiente para poder descolgarse, preparó la cuerda y esperó un rato para adaptarse a la oscuridad del interior de la cabaña. Cuando sus ojos, que tardaron poco ya que estaban acostumbrados a la oscuridad de la noche, estuvieron listos se descolgó.
Desde la chimenea una cabeza de lobo le contemplaba. Se acercó, era un trabajo de disecado perfecto. Miró a su alrededor. En las paredes colgaban pieles pintadas con historias. En los dibujos aparecían hombres y mujeres danzando alrededor del fuego, junto a lobos humanos. Observó con atención. Había visto pinturas indias en otras ocasiones. Pinturas en que los protagonistas aparecían ataviados con pieles representando a animales. Pero aquellas pinturas eran distintas, no eran personajes metidos en una piel de lobo representando a un lobo, los indios habían dibujado lobos humanos. Siguió investigando las pinturas y en una de ellas aparecía un hombre blanco en lo que parecía una ceremonia de iniciación. Se sacó una hoja del bolsillo. La abrió y comparó el rostro dibujado en la hoja con el que aparecía en las pinturas. No había duda de que era la misma persona. El desaparecido Doctor Lindsay había conseguido ser aceptado por el clan del lobo. Las pinturas de las pieles describían su ceremonia de iniciación y su transformación en lobo humano. Una vez más comprobó que no se trataba del dibujo de un blanco ataviado con una piel de lobo. El cronista había dibujado y coloreado una auténtica transformación.
Siguió la inspección de la cabaña. En una pequeña mesa, vio unos preparados para pinturas. Los materiales eran los que utilizaban los aborígenes. No cabía duda de Lindsay se había convertido en uno de ellos. Había sido aceptado por el Clan del lobo y le habían sido revelados los secretos del clan. Con sumo cuidado, tomó las pieles y las aderezó para llevárselas y estudiarlas con mayor detenimiento. Aquellos dibujos eran únicos y tenían un gran valor, precisamente por las diferencias que representaban con respecto a otras culturas similares que habitaban aquellos inmensos territorios. Mientras empaquetaba las pieles fue consciente de que amanecía. Y con la nueva luz llegó un sonido inconfundible de pisadas. Acabó de empaquetar y se encaramó a la cuerda para izarse hasta el techo. Asomó con cuidado y procurando no ser visto.
-Su caballo, -oyó la voz de Jonás.- Sabía que ese tipo no era de fiar. Sabía que se dirigía hacia la cabaña.
-La puerta está cerrada, -oyó otra voz.- La ventana también.
-Debe estar por los alrededores, -oyó otro comentario.-Creo que deberíamos escondernos o lo espantaremos.
-Aseguraos de que la morada del diablo no ha sido traspasada.
La voz, grave, profunda, poderosa salida de las mismísimas entrañas de un ejército de profetas le subyugó hasta el punto de que no pudo resistir la tentación de conocer al personaje que la emitía. Asomó la cabeza y vio a un hombre alto, ataviado con una levita negra y un sombrero negro que no ocultaban sus ojos, desorbitados, una nariz ganchuda, unos labios severos, un cuello poderoso y unas manos que parecían garras. Habría jurado que el profeta le estuvo mirando directamente a los ojos, que lo veía, que le atrapó con la mirada, pero no fue el profeta el que lo sacó de su trance, fue la voz de uno de los improvisados ayudantes del sheriff.
-¡En el tejado!
-El mal siempre va un paso por delante, -susurró la voz del profeta.
-Rodead la cabaña, que no escape, -ordenó Jonás mientras se preparaba su springfield.
El grupo obedeció la orden, parapetándose tras sus armas. Solo el profeta permanecía erguido, mirándole, con los brazos en cruz.
-No manchéis de sangre la morada del diablo. No le deis el poder de la sangre, .bramó.
-Baja, con cuidado. Que veamos las manos. A la mínima duda dispararemos. Dijo Jonás.
-¿Qué pasará cuando esté en tierra?
-Expiarás tu pecado, -tronó la voz del profeta.
-Eso quiere decir que me van a matar.
-Nosotros no te vamos a matar. Somos el instrumento de dios para limpiar tu alma.
-Sí. Creo que me quedo, aquí. Estoy más seguro.
-Solo un alma perversa aceptaría la seguridad en la mansión del diablo. Baja, lucha, déjanos que limpiemos tu alma, antes de que formes parte de las hordas de Satán,
-¿Qué le pasó a Lindsay?
-Era un perverso adorador del diablo. Sucumbió a la voz de Satán, tuvo tratos con sus adoradores y dejó de ser humano. Su alma inmortal forma parte de las huestes del maligno.
-Lo asesinaron.
-Calla esa sucia boca y no insultes a tu señor y a su instrumento. Nosotros no somos asesinos, somos los guardianes de las puertas del infierno que hay en este mundo. Vigilamos que la maldad que impregna estas tierras no avance. Somos los portadores de la luz divina, somos el brazo que libera a las almas de su maldad humana.
-Que estoy listo, sí o sí. Creo que vais a tener que entrar a por mí.
-Entraremos, Evans, no lo dudes, entraremos. Cuando te caigas de hambre y no puedas con tus huesos, entraremos a por ti y limaremos tu fétida alma inmunda.
El doctor Evans descendió mientras en el exterior, sus sitiadores montaban turnos de guardia. Inspeccionó el suelo de la cabaña. No había escapatoria. Aguantaría varios días y cuando estuviese debilitado por el hambre, abrirían la puerta y entrarían. De momento no estaba por la labor de dejarse atrapar. Si no conseguía huir, antes de sufrir un desmayo, vertería su propia sangre sobre el suelo de la cabaña, aunque solo fuese para aguar la fiesta a es puñado de fanáticos que le esperaba fuera con la intención de limpiar su alma. Se sentó en un rincón y decidió esperar a la noche para intentar su fuga. En aquel momento lamentó no haber pensado antes en una posible encerrona. Podría haber cargado con algo de alimento para saciar el hambre que empezaba a tener.
Al caer la noche es encaramó nuevamente al tejado y vio que el profeta continuaba allí, erguido, mirándole fijamente, sumido en un rezo fanático por la salvación de su alma y la contención de las criaturas infernales. Sabía que al menor movimiento era hombre muerto.
-Ríndete al altísimo y corta tu agonía, ríndete al altísimo y corta tu agonía, ríndete al altísimo y corta tu agonía…-no para la de repetir la letanía con aquella voz de ultratumba a la que se había sumado el resto del grupo.
Se decidió a descender pero la letanía, cansina, sin prisa, sin pausa seguía y seguía… El doctor Evans buscó una distracción y la encontró en los pictogramas que había recogido. Los desempaquetó y empezó a leerlos con mayor atención de lo que lo había hecho la noche anterior. Sobre todo se centró en el pictograma de la transformación de Lindsay. Observó atentamente el ritual y cada uno de los detalles de la ceremonia de transformación. Se le pasó una idea por la cabeza. Para una mente racional, la idea era una locura pero si funcionaba podía librarse de sus sitiadores.
Se dirigió a la mesa en donde estaban las pinturas. Se desnudó y se preparó para el ritual, adornándose exactamente como lo había hecho Lindsay. Ante la cabeza disecada que había en la chimenea empezó a recitar las fórmulas mágicas que había escritas en las pieles, mientras encendía la chimenea. Empezó a bailar ante la chimenea, como lo hacía Lindsay y los que le acompañaban. Entonces acercó la mesa, se tumbó en ella, y mientras repetía las fórmulas se hizo una incisión con los colmillos de la cabeza de lobo disecada. La sangre que brotó la vertió en el fuego y alrededor de la mesa, se puso en pie, perdió la noción de lo que hacía y se arrancó la piel a tiras y bajo la piel surgió el lobo. Levantó su cabeza y aulló con todas sus fuerzas. La transformación había culminado y la conciencia le volvió con ella. Se miró las manos, los pies, el cuerpo y se sintió poderoso y aulló y olió el aire de la noche y volvió a aullar y a su aullido acudió la manada, su tribu, el clan del lobo. La refriega apenas duró tres minutos. El, sheriff y sus ayudantes fueron devorados mientras aún les latía el corazón. El clan del lobo había vuelto, tras muchos años, a alimentarse de carne humana. Uno de los suyos había sido amenazado y el clan del lobo no toleraba las amenazas a los suyos, a los hijos del gran lobo. Todos murieron siendo conscientes de que eran comidos por lo que ellos llamaban hijos del demonio. Pero el gran premio, el profeta, fue para el doctor Evans. Se plantó ante el ignorante y supersticioso predicador incapaz de entender que aquellas fórmulas mágicas traídas del viejo mundo eran inútiles en aquellos territorios, tan inútiles como lo habían sido en la vieja Europa, a pesar de la crueldad mostrada por los que se autoproclamaban instrumento del altísimo. Con una mano le arrancó el corazón y lo devoró, mientras latía caliente. Y aún vivo le seccionó la yugular y bebió su sangre, hasta que cayó sin vida. Y aulló, aulló por la victoria del clan y por su supervivencia.